La poesía siempre ha sido una forma de expresar una gran cantidad de sentimientos y emociones. Muchas veces de forma cruda u amarga, otras de forma amable y benevolente. Pero, sobre todo, muchas veces los poemas se bañan del olor a café. Gracias a sus matices de amargura o dulzura, (si lo endulzamos), al ser nuestro confesor de nuestros sueños cada mañana, o el compañero de trabajo en las noches de desvelo.

Uno de los grandes poetas de nuestra lengua que se dedicó a bañar su trabajo del suave aroma del café fue Julio Cortázar, el franco-argentino maestro en la prosa poética y los relatos cortos. Por mucho que la mayoría lo conocerán por libros como Rayuela, Historias de Cronopios y de Famas, o Bestiario, una gran parte de su tiempo lo dedicó a la poesía. Hoy, en Tiempo de Café, empresa de máquinas de café vending, queremos dejaros unos pequeños sorbitos de su obra que os lleven a adentraros fervientemente en la extensa obra del gran Cortázar, unos sorbitos con gusto a café.

Quizá la más querida

Me diste la intemperie,
la leve sombra de tu mano
pasando por mi cara.
Me diste el frío, la distancia,
el amargo café de medianoche
entre mesas vacías.

Siempre empezó a llover
en la mitad de la película,
la flor que te llevé tenía
una araña esperando entre los pétalos.

Creo que lo sabías
y que favoreciste la desgracia.
Siempre olvidé el paraguas
antes de ir a buscarte,
el restaurante estaba lleno
y voceaban la guerra en las esquinas.

Fui una letra de tango
para tu indiferente melodía.

After such pleasures

Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas ni
esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas.

El Interrogador

No pregunto por las glorias ni las nieves,
quiero saber dónde se van juntando
las golondrinas muertas,
adónde van las cajas de fósforos usadas.
Por grande que sea el mundo
hay los recortes de uñas, las pelusas,
los sobres fatigados, las pestañas que caen.
¿Adonde van las nieblas, la borra del café,
los almanaques de otro tiempo?
Pregunto por la nada que nos mueve;
en esos cementerios conjeturo que crece
poco a poco el miedo,
y que allí empolla el Roc.

Me caigo y me levanto

(…)
Pero nosotros, tía ¿cómo haremos?
¿cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído
si por la mañana estamos tan bien
tan café con leche
y no podemos medir hasta donde hemos recaído en el sueño
o en la ducha?
Y si sospechamos lo recayente de nuestro estado
¿cómo nos rehabilitaremos?
(…)

Aquí Alejandra

(…)
Alejandra, mi bicho,
vení a estas líneas, a este papel de arroz
dale abad a la Zorra,
a este fieltro que juega con tu pelo

(Amabas, esas cosas nimias
aboli bibelot d’inamité sonore

las gomas y los sobres
una papelería de juguete
el estuche de lápices
los cuadernos rayados)

Vení, quedate,
tomá este trago, llueve,
te mojarás en la rue Dauphine,
no hay nadie en los cafés repletos,
no te miento, no hay nadie.

Ya sé, es difícil,
es tan difícil encontrarse.
(…)

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