La mayoría de nosotros dependemos de una taza de cappuccino por la mañana para darnos un impulso de energía. Con más de la mitad de los europeos tomando café todos los días, muchos se preguntan si la bebida popular es realmente saludable. Una nueva investigación de la Universidad de Stanford dice “sí”, y ha observado que la cafeína puede combatir la inflamación crónica relacionada con la edad, lo que puede aumentar nuestra longevidad.

Mark Davis, autor principal del estudio, y profesor de microbiología e inmunología y director del Stanford Institute for Immunity, Transplantation and Infection, dijo que “aquello que mucha gente bebe – y realmente le gusta beber – podría tener un beneficio directo, fue una sorpresa para todos nosotros”, en un comunicado.

Davis y sus colegas han demostrado una correlación entre el consumo de cafeína y la longevidad.

Encontraron un mecanismo inflamatorio presente en ciertos adultos mayores, pero no en otros. Cuando estaba altamente activado, la gente tenía presión arterial alta y arterias rígidas. Experimentos de laboratorio confirmaron que la cafeína del café bloquea este proceso inflamatorio, lo que significa que el fármaco tiene un efecto protector contra el envejecimiento avanzado en los adultos mayores.

“También es bien sabido que la ingesta de café está asociada con la longevidad“, dijo David Furman, autor principal del estudio, y profesor asociado consultor del Stanford Institute for Immunity, Transplantation and Infection. “Muchos estudios han demostrado esta asociación. Hemos encontrado una posible razón por la cual esto puede ser así.”

El estudio, publicado en Nature Medicine, observó participantes sanos de 20 a 30 años y otro grupo de más de 60 años a través de encuestas, extracciones de sangre y revisiones de su historial médico. Los investigadores compararon sangre extraída de participantes más viejos verso los jóvenes para ver qué genes tendían a ser más activados en personas mayores. Esto les permitió observar en dos grupos de genes cuya actividad se asoció con la producción de una potente proteína inflamatoria circulante llamada IL-1-beta. Se observó que los genes dentro de cada grupo trabajaban en coordinación unos con otros.

Dentro de los adultos mayores, los investigadores los separaron en dos grupos: aquellos con alta activación en uno de ambos grupos de genes; Y aquellos con baja activación. Nueve de cada 12 adultos del grupo “alto” tenían presión arterial alta, en comparación con sólo una de 11 personas en el grupo “bajo”. Los que estaban en el grupo alto tenían más probabilidades de tener arterias rígidas. El grupo alto tenía niveles más altos de IL-1-beta, y niveles más altos de metabolitos de ácido nucleico, que son moléculas que sirven como bloques de construcción para nuestros genes, y circulan en la sangre, desencadenando una respuesta inflamatoria.

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