Muchos somos los aficionados al buen café, y hay veces que por la mañana, al primer sorbo de un buen espresso, nos viene a la cabeza una frase como “¡Gracias al inventor del café!”. Pero… ¿Quién es dicho inventor? ¿A quién damos gracias por este amargo líquido? En el mundo musulmán lo tienen bien claro…

Cuenta la leyenda que Alí bin Omar al Shadhilly y la hija del Sultán estaban enamorados. Cuando el padre se enteró, encolerizado quiso cortarle la cabeza, aunque conmovido por las lágrimas de su hija le perdonó la vida, ordenando que se le desterrase junto con sus criados fuera de sus dominios, a unas montañas remotas.

Allí las condiciones de vida no eran fáciles, escaseando la comida e incluso el agua para beber. Por ello, Alí decidió un día probar a hacer una infusión con unos frutos verdes que crecían de manera silvestre en un arbusto. El sabor le agradó y se lo dio a probar a sus compañeros, quienes no solo quedaron maravillados por como sabía, sino que además comenzaron a notar que los días que lo tomaban tenían más vigor. El arbusto era un cafeto y estaban tomando las primeras infusiones de café.

La fama de este novedoso y extraño néctar fue propagándose entre los habitantes de los pueblos de alrededor, que comenzaron a acudir a la montaña donde estaban Alí y sus amigos para que les diesen a probar la bebida. Una vez ingerida todos quedaban maravillados por su sabor, percibiendo como tenían más fuerzas para acometer las duras tareas diarias, e incluso muchos de ellos notaban un alivio en sus achaques cuando tomaban el misterioso bebedizo.

El sultán tuvo noticias de la novedosa bebida y de las maravillas que se le atribuían, así como de quien la había descubierto, por lo que ordenó llamar a Alí para averiguar si lo que se comentaba era verdad o se trataba de un bulo extendido por el desterrado, en cuyo caso aseguró delante de toda la corte que no dudaría, esta vez, en mandar ejecutar a Alí bin Omar al Shadhilly.

Alí acudió a la corte y preparó la bebida, de la que tomó la primera taza ante la mirada escrutadora de los esbirros del Sultán, que recelaban que su amo pudiese ser envenenado. Seguidamente, escanció la jarra sobre la taza del Sultán tratando de dominar el temblor en su mano para no derramar el líquido y sobre todo para que la hija del Sultán, que lo estaría observando detrás de alguna celosía, no pensase que era un cobarde.

El sultán quedo prendado del sabor y al rato se sintió con mucha más energía, incluso pese al tedio de estar despachando en su oficina con el Visir, por lo que ordenó que se conmutase la pena de destierro de Alí y que le permitiesen vivir en la corte con él y con su hija. A partir de entonces, se extendió la bebida por todo el mundo musulmán y con ella la fama de Alí bin Omar al Shadhilly como santo patrón del café, atribuyéndosele el dicho: “todo aquel que muere con café en el cuerpo no va al infierno”. Hasta el punto creció su fama que todavía hoy en ciertos países como Argelia al café se le denomina ‘shadhiliye’.

Cuando los musulmanes llegaron a España trajeron este preciado tesoro con ellos, siendo esta la puerta de entrada en occidente, donde suscitó la misma fascinación que en el mundo islámico. Devoción que todavía perdura hasta nuestros días.

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