Desde sus inicios, tomar café fue un acto social. Prueba de ello es que cuando se extendió el negocio de las cafeterías, empresarios, artistas y bohemios hicieron de este lugar su punto de encuentro. Con el tiempo, muchas incluso se volvieron temáticas para atraer un tipo de clientes más específico: clubs de lectura, cafés para músicos, locales para moteros, cibercafés… Las posibilidades son infinitas. En los últimos años han surgido cafeterías donde el wifi es ya tan imprescindible como las servilletas y los clientes pasan horas con sus propios portátiles o tablets.

Siguiendo esta tendencia, han surgido los FabCafe: una cafetería donde imprimir figuras o modelos en 3D mientras charlas y te tomas un café, un pastel o un cupcake. La idea surgió en Japón, en el barrio de Shibuya, cuna de las tendencias en Tokio. El Fabcafe japonés permite, incluso, crear una versión 3D del cliente a partir de un escáner corporal e imprimirlo en chocolate.

Los FabCafe son un espacio compartido por profesionales que trabajan en disciplinas creativas, también conocido como coworking. El lugar quiere promover la cultura maker, un movimiento surgido en EEUU que pretende recuperar el sentido artesanal de la producción pero con las herramientas del mundo digital.

El auge de este movimiento, unido al abaratamiento de las impresoras (ahora es posible hacerse con una por menos de 1.000€) ha propiciado que el negocio se extienda por otros lugares del mundo. En Europa, la primera cafetería de este tipo abrió sus puertas en Barcelona.

La forma de funcionar es sencilla. Cualquiera puede acudir con su portátil, conectarse a la red wifi del espacio e imprimir el modelo que haya creado con software gratuito que puede descargarse de internet o con sofisticados programas de diseño. También disponen de una cortadora-grabadora láser que, aseguran, es «única en España» y que permite grabar logotipos o mensajes sobre todo tipo de superficies.

Este tipo de espacio busca fomentar la sociabilidad, incentivando que sus clientes hablen con otras personas mientras se toman un café. Y es que imprimir una figurita puede llevar bastante tiempo, así que qué mejor que conversar mientras saboreas un café.

Más allá del lado creativo, el movimiento maker lleva años ganando adeptos porque tiene una vertiente de responsabilidad social y medioambiental: «Cuando una persona consume su propio producto, está cinco veces más implicado con él emocionalmente. Por tanto, el movimiento maker impulsa un sistema productivo y de consumo sostenible y fomenta la creación de un consumidor consciente».

Este tipo de iniciativas resultan muy interesantes. Mucho más, si surgen en torno a nuestra bebida favorita. Con el tiempo veremos si tiene éxito y se expande aún más por el resto del mundo. Entonces será habitual aquello de «¡Marchando un café y una impresión en 3D!».

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